sábado, 15 de marzo de 2025

Dejar candados en los puentes...



Es tan... no sé. No te niego que podría llegar a ser bonito y romántico según el caso. Y hasta conveniente, si no se vive ahí. Digo, en caso que el proyecto falle, ese candado que pusiste con tanta fe no es algo que necesariamente vayas a volver a ver. Desconozco cuál fue el primer puente al que le empezaron a colgar candados, idea que empezaron a copiar en todos lados. Pero en fin, no te niego que es un lindo puente. O, al menos, tiene una muy buena vista del Main. Es que ya a las 5 de la tarde casi no quedaba luz. 

El Eiserner Steg, puente peatonal a la salida del centro de Frankfurt. 

El Algospeak


Primera vez que veo que alguien en YouTube le hace específicamente un video a un tema que ha estado presente por bastante rato en este último tiempo y del que se habla menos de lo que debería.

Soy de los que comenzaron a usar Internet en épocas de la "navegación". Un navegador web con el que, buscando, podíamos recorrer un campo abierto. Toda esa experiencia ya casi no existe más. Casi todo el uso de Internet que hacemos hoy en día, a diferencia de hace dos décadas, lo hacemos en esta suerte de corralitos seguros llamados redes sociales. Y fue tanta la costumbre que, aunque aún existe allá afuera ese "mundo abierto" y todavía se podría usar la web tal como hace dos décadas, la comodidad y la costumbre de las redes sociales nos mantienen dentro. Ya los más jóvenes no buscan en Google una receta o la forma de usar un aparato que no conocen. Lo encuentran anticuado. Así que van a TikTok, Instagram o YouTube, piensan menos y lo consumen digeridito. Pues bien, estas plataformas tienen sus propias reglas de conducta y determinan a quien se le permite el uso y a quien no. Y hacen cumplir estas reglas en base a procedimientos integrados en sus respectivos algoritmos, con el poder para decidir por sí mismos qué publicaciones promover y que publicaciones esconder, sin que ningún humano les diga si están bien o si están cometiendo algún error. Bueh, hasta que se equivocan y borran injustamente publicaciones completas.

Hasta ahora creo que no estoy contando nada nuevo.

Pero es tal de enorme la cantidad de usuarios, que ningún staff humano daría abasto. Por ello, la moderación del contenido es necesariamente hecha con sistemas automáticos. Sistemas que, casi siempre, se basan en detectar palabras prohibidas no importando el contexto. De inteligentes... nada. Se limitan a cruzar palabras con una lista negra. Son brutos. Recontra brutos. Al "algoritmo" le da lo mismo no dar circulación a las publicaciones con la palabra "muerte" si están en el texto de una publicación informando el fallecimiento de un ser querido, o en un video en donde cuento lo que soñé anoche, o en otra publicación promoviendo el suicidio. Y ni hablemos de esa última palabra. Temas que son naturales en la vida del ser humano y que, por tanto, su comunicación debería ser natural, como temas de hábitos sexuales o prevención de conductas de riesgo en la población, son tapados o desrrankeados por las grandes redes sociales. Claro, a menos que se use algún tipo de eufemismo o alguna forma de codificar o camuflar términos asociados, con tal de burlar la censura automática. Y aquí entra la jerga que, no tenía idea que tuviera nombre, pero sí, es tan omnipresente que le han dado uno y hasta tiene artículo en la Wikipedia (aunque todavía no en español): el Algospeak. Y consiste en precisamente esto, la ofuscación de términos en las redes sociales para burlar censuras, shadowbaneos o payasadas varias. Y ahí nacieron frases típicas del social media cotidiano como "el delicioso", "se dessuscribió de su propio canal", "el señor de bigote chistoso", etcétera. Incluso, no relacionadas a términos cuestionados, sino para tapar temas controvertidos en el ámbito social o político o, increiblemente tonto pero del día a día, poder referirse a plataformas rivales, como los youtubers que evitan decir "Twitch" y lo reemplazan por "el YouTube morado". Hasta para eso. 

Una jerga que parece chistosa pero que no lo es, y a la que tuve que recurrir siempre. En donde aparecen niños (que, convengamos, eran los réclames que veíamos cuando chicos en la tele) les va súper mal. Que sea material de hace 30 años y que esos niños que aparecían en pantalla sean ahora adultos, le da igual. Y no se puede mencionar el término "escolares", "niños" o peor aún, "niñas", porque la censura del algoritmo es tan bruta que lo asocia a posibles abusos contra menores y sencillamente no se promueven. Aunque el estado de la cuenta nos diga que está todo bien. Y era un simple comercial de un chocolate o de un yoghurt. En serio. Así que hay que hablar de "brocacochis", de "las bendis", del "delicioso", "el canal de allá arriba", etecé. 

Así como vamos, las redes prefieren, en vez de dar lugar a espacios en donde potencialmente se puedan tratar constructivamente temas importantes, simplemente hacer como que de eso no se habla. Y todo porque a la red social de turno le vale más evitarse problemas rápido, sin usar mucho el seso, que, digamos, tener una moderación mejor pensada. ¿Se necesita una moderación? Por supuesto. ¿Es suficientemente inteligente lo que ahora existe? Ni a palos.

Los gringos tenían un invento que intentó abrirse paso en las instalaciones caseras de tele de allá: el "TV Guardian". Era una maquinita que se conectaba entre la antena (o la VHS) y el TV y que detectaba palabras de una lista negra, silenciando el audio y reemplazando esas palabras en los subtitulos closed-caption por su equivalente "limpio". Una tecnología de los ochentas. A ese nivel estamos. O peor, al tener nosotros que recurrir, actualmente, a una autocensura.

En serio, estamos a así de cerca de que las redes sociales que usamos a diario sean el símil de gobiernos de países herméticos, dentro de los cuales existen temas de los que no se puede hablar, y gobernados por el dueño de turno. Casi como en nuestros queridos gobiernos autoritarios del pasado.

Tiene que nacer algo mejor. Cuando eso ocurra, si es que ocurre, allá nos vemos.

martes, 11 de marzo de 2025

En el Großer Feldberg...


Un par de días antes de volver, como último paseo, fuimos a la cumbre más alta de Hessen (casi 900 metros). Una gran vista desde la altura... y varios grados bajo cero en invierno. Muy bajo cero, pero sucede que soy inviernista, así que no me importó. 

Hasta trineos se podían ver.

lunes, 10 de marzo de 2025

Esperando el S-Bahn


Había sido día de paseo en tren. Y el tema recurrente era la (im)puntualidad de los trenes. Que faltaban manos, que faltaba plata, no sé, ya no me acuerdo. Igual, aunque un par de veces se atrasó jevi y una de esas veces el tren simplemente se canceló, paseamos harto. El famoso Deutschlandticket de 50 euros al parecer era una institución. A fin de mes se hacían filas de gente afuera de las boleterias para comprarlo (aunque tambien se podia comprar por Internet, pero nada, costumbre local). Y como el tiempo que estuve calzaba casi con el mes, tate. No hay torniquetes. Nadie controla. Pero si el inspector te pilla sin ticket, multazo. Nunca vi un inspector revisando.

domingo, 9 de marzo de 2025

jueves, 2 de enero de 2025

Como hace tres décadas


Dieron las doce, los abrazos, los brindis y no había pasado un minuto de eso cuando se empezaron a escuchar los primeros cuetes. Fue un Año Nuevo como no lo veía hace treinta años. 

Varios grupos familiares salieron a lanzar los -aún no prohibidos por aquí- fuegos artificiales en la misma esquina de casa. Y la situación no es distinta a la de otros países. Sin ir más lejos, a la del nuestro. Acá, a doce mil kilómetros de casa, también hay criticismo por los fuegos, por los motivos que todos conocemos (animales, personas con TEA, etc.). También hay accidentes (este año hubo 5 muertos en todo el país). Pero es como si fuera un universo paralelo o, en realidad, un país paralelo en el que, pese a la crítica, los fuegos artificiales nunca fueron prohibidos y todo siguió igual que siempre, y en donde Don Prohibitón y compañía no actuaron, no subestimaron la inteligencia de la gente y se les mantuvo la responsabilidad del festival de cuetes. Aunque, sincerando, actualmente tirar fuegos aquí es una actividad que sólo es legal la noche de Año Nuevo. 

Al menos hay algo que todavía es de la gente y no pasó como en todo lugar donde Don Prohibitón decide meter mano. Porque todo a lo que Don Prohibitón le mete mano, sin tener la fuerza necesaria para imponer su decisión prohibitona, termina en manos de ya sabemos quienes. En Chile, por los accidentes con menores de edad involucrados, luego de años de campañas varias, lograron que los fuegos fueran prohibidos legalmente, pero esto sólo hizo que al final se convirtieran en otro "patrimonio" más del crimen organizado, sin eliminar, excepto los accidentes, las externalidades de siempre. Las mascotas, los TEA y las personas con sensibilidad se la tuvieron que seguir bancando. Aunque, de todas formas, es complicado. Es como si el rechazo a estas cosas por parte de algunas personas, con motivos totalmente válidos, no fuera suficiente para hacer algo aquí. 

Podría pensarse en el ya omnipresente tema del respeto a la cultura local que, también, no deja de ser válido. Pero, hasta ahora, funcionan así. Y yo retrocedí treinta años y, a doce mil kilómetros de casa, viví un Año Nuevo como los teníamos en los noventas. Aquí siguen funcionando en una realidad distinta a la nuestra, pero que, para ellos, es la misma de siempre. Una en donde, al parecer, el tema de los fuegos en Año Nuevo... nunca fue tema al nivel de prohibir todo.

martes, 27 de agosto de 2024

Le gustan los dinosaurios


Anoche me pegué en un stream donde había un invitado que se puso a revisar catálogos de tienda. Sí, hay tiempo para eso. El tipo es un cachurero, pero en el buen sentido de la palabra. Colecciona, entre otras cosas, tazos, álbumes (incluso los más actuales y hasta las parodias de álbumes como el del Cesarito) y catálogos de tiendas. Y me quedé pegado porque, cuando estudiaba en el centro, el paseo típico (cuando salíamos temprano o el profe se enfermaba) era ir a pasear al Paseo Ahumada o a San Diego. Y eso incluía entrar a las tiendas a lo que soberanamente es mirar y no comprar nada (básicamente porque, de presupuesto de escolar, no se espera mucho) pero sí a sacar catálogos. Esos catálogos que tenían mil cosas para soñar y yo sin un peso para comprar. Catálogo noventoso que editara La Polar, Falabella, Ripley y hasta Michaely, yo lo tenía. Y en eso se van a los juguetes. Y, aunque ya estaba bien viejo para querer juguetes, me recordó uno de los pocos juguetes que he comprado alguna vez con mi plata en decadas. Una figura de Rex, el dinosaurio de Toy Story. 

La razón de la compra era que tenía que llegar con regalos a una Navidad a la que me había invitado un colega del trabajo que sabía que, por cachipún, tikitipum o fuá motivo, ese año mi Navidad la iba a pasar solo. Y lo que me habían contado del peque de la familia era que le gustaban los dinosaurios. Lo que no me habían dicho, o que no me lo dejaron claro, era que le gustaban en serio los dinosaurios. O sea, el cabro chico tenía libros de dinosaurios y les sabía los nombres, donde fueron descubiertos, sus características, la era en la que vivieron... todo. Ya, la vendí no más, pensé. 

Me hubiera dejado al Rex pa' mí. Es que no podís no amarlo. Te puede caer como patá en la guata Disney, podís rechazar la onda woke y la falta de alma de sus live action, te puede desilusionar alguna época de Pixar, pero no puedes no amar a Rex (y no odiar al carbonero del cabeza de papa). 

La última vez que compré DVD y Blu-Ray por Internet, me llegaron como bonus tres DVD que no había pedido. Ya están en plan "lléveselo" con algunos formatos físicos y es una pena. Dos de esos DVD eran live actions de Disney. Pa' la colección. Algún día quizá sean de culto. No preguntemos cuándo.