jueves, 29 de enero de 2026

Decir lo que nos molesta...


...es mal negocio. 

Todo habla de nosotros. Expresar lo que nos incomoda, lo que nos perjudica, lo que nos deja sin fichas para mover, es mal negocio. Esperamos que alguien nos entienda, nos eche una mano, pero quedamos vulnerables ante quienes no nos quieren. En un mundo que nos forzó a desarrollar la habilidad de salvarnos a nosotros mismos, el que se queja y eleva la voz por algo que le perjudica es... mal visto. En otras palabras, sálvate solo. 

Es como el bullying, pero fuera del contexto del cabro chico escolar, o sea afuera, en la vida. El niño que manifiesta su molestia por recibir bullying está entregando en bandeja datos de cómo y con qué es posible afectarlo a quienes quieran hacerlo y que así su ataque tenga máximo rendimiento. Bueh, afuera es igual. 

Lo que está in, entonces, es no darle pelota a lo que nos molesta, a lo que nos perjudica, a lo que nos hiere, a lo que nos amarga el día. No darle ninguna clase de pantalla al nefasto. Aunque haya que llevar toda esa frustración como un lastre. Luego es tanto el peso que, una vez llegados a viejos, finalmente elegimos soltar. Por "sanidad mental". 

Cagar vidas al final es gratis. Y eso está súper in. 

martes, 20 de enero de 2026

Empezó la temporada


Ya lo vemos otra vez. Hace rato empezó la temporada de irresponsables. Y con ello, empezó la temporada de empates, de relativizarlo todo, de hacerse los giles. No es superioridad moral. Es algo más fundamental. Es empatía. Es responsabilidad. Es cuidar a tus vecinos. Es cuidar los bosques de tu país. Y para los que vienen de fuera, es cuidar el país que te recibe. 

Hay entendimiento transversal de que esto de nuevo nos pega a todos. No sólo a los que se queman. Pero parece que falta. Falta un pelín de bosque quemado para que dejen de empatar, de relativizar y se peguen la cachá. Créalo, algunos aún no se la pegan. 

lunes, 5 de enero de 2026

Mía para siempre


Así decía la etiqueta. Y la frase se cayó a pedazos en tantos niveles. Porque así funcionaba en los noventas, la década en que aquí se masifico el video, todos se pudieron permitir una máquina de VHS, y Disney (junto con varios otros) se "forró" lanzando copias de sus largometrajes clásicos y recientes bajo esa promesa: "mía para siempre". 

En los noventas éramos felices con esto y no imaginábamos que, en un tiempo bastante menor al que suponíamos, se haría más complicado cobrar esa promesa. Por nuestra parte, la de los ilusos consumidores de formato físico (mucho antes que le llamaran así), no concebíamos que algún formato de cinta, disco o lo que sea, se dejara de usar, ponte tú, masivamente. Ni que los aparatos envejecieran, fallaran y llegara un día en que muchos no encontraran dónde usar todas esas cintas que, ilusamente, juntaron y juntaron. 

Hace un par de días vi una de estas cintas en un negocito de redes sociales de cosas usadas. Aunque eso no dice nada, ya que artículos usados de este tipo siempre están apareciendo de cuando en cuando. Y el "mía para siempre" se cae en cuanto el dueño original un buen día ya no la quiso. Ya no quiso que sea "suya para siempre" y la vendió por un par de billetes. O porque no tenía donde verla. O porque ya no le interesaba. 

Ni hablemos del avasallador modelo de suscripciones. En una época en que ya es raro ver nuevas ediciones de películas en físico, el modelo de suscripciones sí que nos convirtió en "dueños de nada" y ya me da hasta flojera insistir majaderamente en eso. El "mía para siempre", frase con la que nos vendían todo esto y que era el punto más relevante de la propuesta de valor de los distribuidores en esa época, envejeció como la leche al sol. O sea, así tan mal como el "Love is sharing a password" de Netflix en Twitter. Sin más vuelta, es otro ejemplo más antiguo, pero de lo mismo. Eres un estudio de cine o una distribuidora, encuentras un nuevo modelo de negocio (o empiezas a entender de otra forma el que tienes) y ya no te conviene decir eso. 

Resulta curioso, además, y aunque se salga un poco del tema, que la carátula frontal no haga mención alguna a Pixar, cuyo logotipo aparece discretamente, en un lugar muy poco vistoso, sólo en el reverso de la caja. De esa época estamos tratando, cuando Pixar era casi un experimento al que no le tenían tanta fe. No es precisamente el punto, pero no podía ignorarlo, dada la época de donde era todo esto. 

Al final, todos fallamos a la promesa del "mía para siempre". Entre otros, el dueño original que ya no quiso el cassette, la distribuidora que ya dejó de vender películas de esa forma, el estudio realizador al que ese modelo ya no le conviene y prefiere destinar los esfuerzos al streaming... y la videocassettera que ya no quiso funcionar más. Y la industria electrónica que ya no las fabrica más. 

Apaga y vámonos, diría yo, poseído por la impotencia. Pero ya estoy viejo. Y entiendo que es mejor caminar liviano. Es que, cuando alguien dice "para siempre", no sólo mientras habla de cassettes que ya no puede usar, sino en el tema que se le cante, es que ni decir "para siempre" amarra algo a que sea para siempre. Más vale aceptarlo.